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 Siervas Ilustres

      -Sor Florencia Janer

      -Sor Dositea Andrés
          -Sor Perfecta Temiño     

      Sor Blanca Amo

 

   

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Siervas Ilustres: Sor Blanca Amo García

                  

“Heroicamente dio la vida por auxiliar a su enferma”

         Sor Blanca Amo, nació en Astudillo (Palencia), un 2 de agosto de 1933.  sus padres, cristianos intachables, supieron educar a sus seis hijas en el amor a Dios y la devoción entrañable a la Santísima Virgen. En tan cálido ambiente el Señor llamó a su servicio a tres de sus hijas: dos Hijas de la Caridad y Sor Blanca  que ingresó en las Siervas de María el día 18 de diciembre de 1950.

La personalidad de Sor Blanca, destacaba por su sencillez de trato, su carácter alegre y agradable, su entrega en los trabajos y ocupaciones comunes, su dinamismo apostólico que le hacía olvidarse de sí, para darse siempre y en todo momento a los demás. Todos le querían porque a todos les quiso ella, se preocupaba de los enfermos y de sus familiares, siempre con sentido enteramente apostólico. Y todo, con aquella alegría al estilo de Santa Mª Soledad, que le hacía sentirse bien en todas partes. Vivió así, entregada plenamente a los demás, con la naturalidad de quien vive su fe hasta las últimas consecuencias, emanadas de su amor a Cristo.

Su fe, su grande ideal de entrega, de semejanza con su divino Esposo Crucificado, hizo que la lámpara de su caridad no se extinguiera nunca. Con su sonrisa siempre a flor de labios, sabía disimular y olvidarse de sí, para dar y darse a los enfermos que cuidaba, tratando de identificarse con la realidad más dura de la vida, el dolor.

Sor Blanca murió  en San Sebastián en acto de servicio el  31 de octubre de 1971. Al caer de la tarde y bordarse el cielo de estrellas, Sor Blanca, llegó a su asistencia para hacerse cargo de una anciana enferma. Había ingresado en el Instituto a los dieciocho años, en lo mejor de la juventud. Ya hacía veinte años que servía al Señor, siendo bondadosa para todos. Jesús dijo que “Nadie es Bueno sino sólo Dios” (MC 10,18); pero también es cierto que, cuando se vive intensa y fervientemente, se va contagiando el “estilo de Dios”, y lo que para El es “ser”, ¡Bondad!, lo “reflejamos” sus hijos, hechos a imagen y semejanza suya (Gn. 1,27).

Velaba en la madrugada, porque era “Sierva”. Inesperadamente se produjo un  incendio en los bajos de la casa. Humo y gas se expandieron por la escalera. La catástrofe llegó al abrir las puertas de los pisos para indagar lo que ocurría o en busca de ayuda, como en el caso de nuestra Hermana, para salvar a su enferma.

Tanto la Sierva como la hija de la enferma se afanaban por poner a salvo a la anciana; pero ante la imposibilidad de trasladarla, decidieron que la Hermana subiese al 5º piso, a  solicitar la ayuda del portero. Un superviviente contó que sintió golpear en la puerta del piso con viveza y una voz de mujer que llamaba al portero por su nombre. Cumplido su deber de pedir auxilio para su enferma, descendió al 3º piso. ¿Fue alcanzada por los gases apenas llegó al 3º?. ¿Encontró cerrada la puerta?. Son respuestas que quedan para Dios. Sor Blanca cayó desplomada, víctima de la asfixia. El incendio se cobró cinco vidas más en esa trágica noche.

Sin quemaduras, sin más señales que la palidez de la muerte sobre un semblante tranquilo y apacible, con su delantal blanco de enfermera ennegrecido por el humo, hallaron a la fiel Sierva tendida en el rellano del 3º piso.

“No hay mayor amor que dar la vida…” (Jn. 15,13), nos lo enseñó así el Señor.

 “¡Qué gloria para una Sierva de María ser mártir de la caridad!”, decía Santa María Soledad.

A los 38 años de edad, Sor Blanca Amo García dio la vida “en servicio”, con toda naturalidad, con gran amor, entereza y valentía.  Con la misma sencillez con que vivía su vida consagrada. Murió al servicio del mejor Señor, del que ya habrá recibido la recompensa a su sacrificio total, a sus desvelos por la ayuda prestada a los que sufren.

      

                            (Astudillo - Palencia-)

 

«La muerte de Sor Blanca vista desde Paris»

La prensa de aquello años publicó varios artículos sobre el trágico suceso en el  murió Sor Blanca. El  artículo  siguiente, escrito por el sacerdote Don Antonio Oyarzábal, es un precioso panegírico del heroísmo al por menor, de  los pequeños detalles de una vida que llena de Dios.

   ¿Quién dijera que ibas a ser noticia en San Sebastián, y hasta en Paris, donde acabo de leer en «Le Fígaro» la triste nueva?. Desde luego que podías haberlo sido cualquier otro día, por ese rosario de noches de vela que fuiste dejando, co­mo una estela, junto a la cabecera de los enfermos. En plena juventud.., lo mismo un domingo que un día de labor, sin fi­nes de semana ni puentes en tu calendario, hasta que la muerte dijera ¡basta!

   Fue necesario un accidente trágico para que nos diéramos cuenta de tu vida contra reloj, durmiendo de día y velando de noche, sin otra cartelera de espectáculos que las señas del enfermo de turno y su ficha clínica.

  Cuando la tarde del domingo pasado, reparabas tus fuerzas como todas las tardes, para tu jornada de cada noche, nuestros equipos de fútbol se batían sobre el verde césped de nuestra amplia geografía deportiva, turbando, tal vez, una riada de coches, el silencio de tu celda, que daba a la ruidosa arteria de San Martín. Y horas más tarde, se perfiló por última vez, tu silueta de ángel por las calles de nuestra Ciudad, en pleno hervor nocturno, pisando ya sin saberlo, las playas de la eternidad. En medio de la asfixia que apagó tu vida y cantaron los ángeles como en aquella mañana radiante de tu profesión: «Ven, esposa de Cristo, recibe la corona que  el Señor te preparó desde toda la eternidad».  

                                    

  Era el premio de Dios a tu maternidad espiritual coro­nada de lirios. Muchos te preguntaron por esos mundos, con más ignorancia que malicia sin duda: «Hermana, ¿usted por qué no se casó?». Ignoraban el misterio de tu virginidad consagrada. Por no dar tu cuerpo a nadie, pudiste dar tu alma a todos, a tantos y tantos enfermos que te habrán llamado madre en el cielo porque lo fuiste en sus dolores y en su salto a la eternidad.

  Tu hoja de servicios, rubricada con la mayor prueba de amor, como es dar la vida, es una apología de la juventud moderna frente a tantos profetas del pesimismo que no aciertan a ver en ella más que sombras. ¿Qué sector hay en la sociedad que no presente tejidos enfermos? ¿No decía San Benito que muchas veces Dios revela lo mejor a los jóvenes?  La juventud moderna seguirá brillando como una estrella de esperanza mientras no falten en sus filas jóvenes como Sor Blanca que hagan suyo el grito de Paul Claudel:    «La juventud no ha nacido para el placer, sino para el heroísmo».  

                

   Dicen que el heroísmo más difícil es el heroísmo al por menor. Así fue el heroísmo de Sor Blanca. Constante como el incesante manar de la humilde fuentecita que ofrece todos los días su agua al fatigado caminante. Diluido como el quehacer de una madre que se derrama en innumerables actos de servicio.

   Se necesita ser un ángel de caridad para consagrarse todas las noches del año y de la vida al cuidado de los enfermos, familiarizándose con ellos como si fueran de casa. Sor Blanca, ¿cuántas veces cruzaste las calles de San Sebastián ocultando tus encantos de mujer bajo el velo de un Hábito nimbado por una sonrisa siempre en flor que contras­taba con la de tantas caras sofisticadas?. Quizá te compararon, más de una vez, algunas parejas de novios, al  verte caminar siempre sola, sin entradas de cine, sin ilusiones materialistas de mujer. Pero yo sé que ninguno de esos escaparates despertó miradas perturbadoras en tu corazón primaveral, loco de amor por Cristo en los enfermos. Ya no podrán sentir algunos trasnochadores aquel impacto que sintieron  al cruzarse de arribada contigo, que también ibas de arribada a tu convento, pero con el haber de una noche de caridad que en vano tratabas de ocultar con la sonrisa angelical de tu semblante pálido y ojeroso.

   Pensabas celebrar la fiesta de Todos los Santos en la tierra y la has celebrado en el cielo agregada al coro de las vírgenes que  acompañan al Cordero como su escolta de honor. Accediendo al encargo de tus Hermanas, las Siervas de Paris, he celebrado por ti la misa pero a decir verdad no muy convencido, pues parecíame verte entre aquella multitud incontable de elegidos que nos ha ofrecido San Juan en grandiosa visión profética.  

 

                        

   Tú has muerto, pero no tu espíritu, que yo he visto resplandecer como una antorcha en estas Siervas de María de Villa de la Reunión que en santa revancha han cantado una y otra vez en el ofertorio: «Te ofrecemos Señor, nuestra juventud».  ¡Sor Blanca! ya sabemos que las matemáticas de Dios no son las de nuestras escuelas. Pero hemos sentido mucho tu baja. Dile al Señor que recuerde aquello que dijo: «La mies es mucha y los operarios pocos».  ¡Por favor! que nos mande muchas Siervas de Maria que sepan ser como tú, ángeles de caridad.

                        Paris, 1 de noviembre de 1971

     

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